Recorrido a caballo por Mar de las Pampas

Una hermosa manera de conocer Mar de las Pampas y sus alrededores es a caballo. Bosques, médanos y mar conforman una química ideal para dar rienda suelta a una aventura que puede volverse extraordinaria.

Antes de que el agua llegue al bosque

Antes de que el cartel anuncie la llegada a Mar de las Pampas, una ancha calle de arena que nace en Villa Gesell deja observar distintos palenques a ambos lados que muestran con orgullo sus caballos criollos, entre los que se destacan potrillos, padrillos, yeguas e incluso ponies para los más pequeños visitantes.

No es necesario ser un avezado jinete o haber tenido una reconocida experiencia en el arte de la doma. Sólo hay que animarse. Y por lo que se puede observar, cualquiera puede montar y vivir la sensación hermosa de recorrer senderos que atraviesan bosques, médanos y que finalmente nos depositan en las anchísimas playas de mar y arena que existen en estos balnearios del Atlántico.

Se pueden alquilar por hora, por medio día e incluso por todo el día, en caso de que se tenga planeada alguna larga travesía por los alrededores de la zona, como por ejemplo al faro Querandí o a las inmediaciones de la laguna Mar Chiquita, ubicada en las cercanías de la localidad de Santa Clara del Mar. Algunos guías, que en su mayoría son gauchos u hombres de campo, se encargan de dirigir grupos tanto de día como de noche. Las excursiones nocturnas se realizan cuando el calendario anuncia luna llena y, cuando esto ocurre, hay que reservar montura con anterioridad si no se quiere quedar a pie.

Galopando junto al mar

Cuando se sale en grupo, las sensaciones colectivas le van ganando terreno a las individuales. El momento crucial es cuando los encargados de cada palenque eligen los caballos para cada integrante de la jineteada, teniendo en cuenta la experiencia de cada jinete y, por supuesto, el carácter de cada equino.

Y así, una vez que nos aseguramos de que los caballos se encontraran bien ensillados y que nos aprendimos sus nombres, el paseo comenzó.

Luego de casi una hora y media de recorrer los bosques de Mar de las PampasLas Gaviotas y Mar Azul, una larga calle de arena nos depositó frente a la inmensidad del océano.

Desde allí, emprendimos una loca carrera a toda velocidad por la arena hacia la orilla del mar. A diferencia de lo que imaginábamos, el calor hizo que algunos de los caballos perdieran el miedo y quisieran refrescarse e incluso comenzaran a nadar.

Fue así que dejamos que se metieran al agua del mar sólo por un rato para mojarse. Gustosos y sin dudarlo, aceptaron de inmediato.

Ahora, a correr…

Luego, bastó sólo con señalarles la inmensidad de la playa para que salieran corriendo a secarse, levantando arena y agua salada y llamando la atención de los pocos bañistas y caminantes presentes.

Después de casi media hora de recorrido alternando el galope con algún trotecito para descansar, llegamos hasta las inmediaciones del faro Querandí y sus enormes médanos, que muestran la entrada a una de las Reservas Naturales más hermosas que tiene la provincia de Buenos Aires.

Y fue allí, frente a la silueta del faro, que decidimos emprender la vuelta después de dejar descansar a los caballos.

Ahora sí, los roles cambiaron de repente. Los caballos cobraron protagonismo y, no sólo nos indicaron el camino de vuelta, sino que nos llevaron a toda velocidad, y la verdad que no había forma de frenarlos.

Sabían que, a esta altura, la caída del sol significaba que no habría “otra vuelta” y que el final del día les indicaba que había llegado el momento de un bien merecido descanso. Así que no quedó otra opción que poner los pies en el estribo, acortar la rienda lo más que se pudo y dejarse llevar, mirando cómo a las gaviotas se las llevaba el viento adonde lo creía conveniente, algo similar a lo que nos ocurría a nosotros. A vuelo de pájaro o a pura sangre, lo que vale es la aventura.